30 noviembre 2016

AQUEL HÁLITO QUE EN LA VOZ APRETADA SE QUEDA

¿Alguna señal para estremecerme? Sí. Admiraba de pequeño la Navidad de robotito en la estantería. S/. 11.000, algo inalcanzable. Pero el mejor refugio era ése, tras el árbol de 20 luces y nieve de lana. Un refugio para anidar tal vez alguna verde fronda que duraba alrededor de un mes de entusiasmo. Eran los tiempos en que había que caminar unos 3 o 4 kilómetros para llegar a la dicha. Bodeguitas con apenas unas botellas de champagne, tabletas de chocolate y panetones mosqueados. Esa feria acaso no era enfermiza. Todos éramos parte de la sana alegría. Muñecos de feria, danzantes en la noria agonizante de los brazos. Gente soliendo saludarse, desprenden un poco de esa melancolía de cuarto estremecido de rato en rato por cohetones y sartas de pólvora.

Pero a veces llegaba la Navidad negra; ésa con la cual nos amenazaban si todo iba mal en el colegio; una Navidad verdadera; a secas. La que sucedió en una cueva, sobre el cielo en llamas de la libertad más pura del Niño Divino.

¿Quién ha sido, es y será ése niño pequeñito que alarma cada 25 de diciembre a las amas de casa, alegra a las pallitas del barrio; y henchidos de dicha los niños tuestan en sus manos rascapies y lanzan al cielo avellanas o bombardas en su nombre?

Pero todos desconocemos ahora la verdadera esencia navideña. Han reemplazado al niño Jesús por la imagen marketera de un viejo barbudo y panzurrón tascando las campanillas resecas y cagando en las chimeneas de la gente compulsiva que traga, duerme y se deprime en estas navidades de pavo de cartón y lucecitas que exasperan, a la espera de tocar un chip donde anida tu indescriptible depresión festiva.

Hacia el Séptimo Amanecer los hombres raudos, desmenuzados en escamas de oro indescriptible, lloviznaban azulados de ternura sus cuerpos cansados de alegría. Ellos viajaban sobre un cielo prometido, entrados ya en una sesenturia o en un calor de años del pesebre, benditos por el lloriqueo más feliz de aquel humano de la tierra.

¡Oh, luz impredecible! donde sueñan tres vagos vigías que persiguieron la estrella mundana para padecer cientos de kilómetros con la dicha más dura como un diamante que no se derrite ni con el fuego en llamas de la sangre, acallaran a dar tres regalos inmortales: oro, mirra e incienso.

Ellos, los más dichosos, sabrán que parte de ese cielo nos recuerda tal y como éramos. Ésa sería la llama perseguida, el trotar irresoluto por esferas de un pueblo férreo anucado, no a la almohada; insomne, lejos ya de recordar que algún día fuimos lo que seremos; la luz universal, amable, que pudo salvarnos para siempre de la noche más fría del mundo, la de la muerte redentora.

Puestos en doble alma de cerina extinguida, confían que tal vez admiráramos la puesta de llama irisada, de arco iris divinizando cada que es visto. La mirada de hombres atónitos por aquel pacto desvelado.

Ya en la mira, en la piedra fija que al dudar rueda por los aires el paso que sigue, el latido subsecuente, el atrio permanecido de lo por decir de dos oleadas de viento.

Persigue acaso El hombre eterno, las improntas veladas de sus días; para que así, en la entrega máxima de todas sus fuerzas juntas se desvíe por el Camino Verdadero. No el más largo ni el que lleva a casa; no el camino más corto: el Camino Verdadero. En donde llorarán las máximas semillas purpurinas sus lluvias boreales que de los trinos provenientes danza en sus gules encontrados.

No más danza. La cota inmemorial de infierno se nos hace voluta en la garganta. Y lo más preciado en el destino sea acaso el cardenal que se sangra sobre la nieve, para parecer triunfante ante un caro acontecimiento: la luz del sol ante tanta belleza. Pero tal vez esa crucifixión de la planta, del microorganismo que hace que todo se enfile a la sucesión de lo que pasa.

Cada cosa va hacia la nada. La nada viniendo, la nada que importa; la que se gesta en los charcos, salta en pos de una línea iluminada enmarañando hasta la sangre del reposo sentimientos encontrados. Constelada como obscura promesa

¿Por qué te obstinas cada instante en negarme los jugos de tu victoria?

Ente reposado, me empeño en herir de una vez las estrellas zahiriéndose de un paso. Fugacidad. Permanencia. El eterno enamorado que no intenta soltar la amarras del reino; ¡ah, hijo perjuro de las musas! Pues si, a resultas de lo cual sólo has contenido en tu fuero creativo no más que congojas, lo tuyo sea dedicarte más al espíritu de los nacidos que a la carne de las musas, a las que crees haber dotado con un hálito de vida en miles de páginas.

¿Para qué ya más ríos metafísicos esta noche?

Salir, sacudiendo el sobretodo azul obscuro; reír de buena gana; que es Navidad y la sombra enternecida de esa noche infinita se arrodilla ante la risa del niño más hermoso del mundo.

Cajamarca, noviembre 30, 2016

Jack Farfán Cedrón


23 mayo 2016

Reseña: "La Isla de Los Hombres Solos", de José León Sánchez by Jack Farfán Cedrón

EL SUEÑO DEL VIEJO

Mientras los reflejos de los gigantes y azulados astros se hundían en opalescente reflejo dentro del lago, el viejo aclamaba vigilia en medio del estallido del sol en la mañana. Varias frondas retorcían el paisaje endurecido por las puntas bajas de los sorgos hirsutos raspándole la cara. La edad lo hacía gemir entre ronquidos benevolentes, ronroneando como un gato marchito que estuviera inflado por la pereza de viejas memorias sin remedio.

El viejo creía, quien seguía con insomnio, que aún duraba la mano nocturna en su destino de sombra. Se palpó las cuerdas de la garganta como cuero destemplado de res que al sacudírselo hiciera estruendos fatídicos, augurando una verdadera tempestad sobre el prado de su larga siesta.

Prolongó, aún con la luz alta ya de la mañana, el sueño que con justeza se había ganado, pala adentro del barbecho, a unas cuantas millas del lugar.

Se tapó con el codo los ojos para no sucumbir a la tempestad lumínica, amarilla, que le auguraría el último círculo infernal de su fatigosa vida, sin que él lo sepa.

Mientras, el lago hundía su cuerpo profundamente dormido, entre hierbas acuáticas que el viejo creía masticar, pero que en realidad estaba masticando, en el fondo lacustre.

La sombra del viejo que dejó el cuerpo dormido sobre el pasto, rodando sobre la hierba, hacía de péndulo para algunas mariposas que lo despidieron a su suerte y medida amarilla, ya mellada la luz del sol una tarde cualquiera de ahogado más feo del mundo.

Jack Farfán Cedrón

"Le chapeau de mariage de mon pére"; 1975 - Jean Dieuzaide

18 mayo 2016

CUANDO TÚ SONRÍES, CUANDO MI SOBERANA PRESENCIA TE INVADE LLANAMANTE

CUANDO TÚ SONRÍES, CUANDO MI SOBERANA PRESENCIA TE INVADE LLANAMANTE

Habré de extrañar tu angelical presencia, varando flamígera de agua sin color y con saliva en las mejillas, frente al mar de mi presencia.

Entre fantasmagóricas esencias, yo te llamo al sonreír, te reclamo por qué de estar ausente. Y tú, como en un templo de cera lo calmas todo si el fuego amaina a cada instante. Nada se derrama entre nosotros, si la luz nos ha abolido de energía volátil y nos ha dejado contemplarnos con cada calor corpóreo que hacemos cuando copulamos con nuestros poros abiertos, hacia la honda distancia del infierno.

Nada sobra, nada se hace voluble ni se esgrime con los pasos cansinos del dolor que se soporta, al tenerte tan cerca con la risa demencial de una hiena enferma de insomnio, toda enlutada con piel de luna estriada en tu pelaje.

Eres la santa del velo regado en nuestra alcoba, eres quien me absorbe la saliva si yo entro en tu lengua de anguila secreta hiperrealista etérea azóguica lunar oleada por una baba de caracola recorriendo mi bálano sobre una pared en la autopista: Eh, Nocturna!

Secreta como los ojos de la noche que se cierran para un solo ser y se abren para múltiples fantasmas que te cargan o te poseen durante los sueños malos cuando sudas y te tocas la entrepierna para comprobar si soy yo el que está entrando en tu cunneus diaboli o soy un súbcubo que te toma violentamente entre el rapto helado, cada madrugada.

Escondida entre ángeles desnudos que te cargan bajo las nubes donde orinas una miel argenta, clara y dulce; almíbar de oro o diamantes dispersos desde un guante lánguido y presente, hacia el fondo y negro lacustre del cosmos que nos pierde, friccionándonos hasta dolernos.

Pero la cosa es que tras la puerta te he dejado un mensaje entre los ojos, te he manchado con los dolores infinitos de Cristo el delantal de esposa, la bata de virgen manchada por el rastro himeneo que te ha hará abrir los ojos al mundo carnal, voraz, !ah, ninfeta!

Y tú asientes; cada rosa lo hace, cada gota de rocío, lánguida, clara, larga, amaneces.

Todo lo que existe es el silencio; todo lo heredado, todo lo inasible cada vez que me comprendes, toda vez que asientas velarte entre los cirios etéreos, de un sueño entre rocas presurosas aguándose al tocarlas; entre legiones de ámbar mariposas, de orín reseco que se agrieta y desmorona al cumplirse la historieta amañada de nuestra primera cópula; amante mía, que un día vendrán a tapar tu cuerpo tendido sobre el río.

Novia muerta, flotante en el agua perfumada de flujos lacrimales que terminan conmigo. Guirnalda de ninfas que retuerce un viento con sabor a fruta de estación y ramos recogidos al levantarle la mano a una gran amiga celeste: , como la furia de una catarata a la que ponerle la punta de los dedos para soportar todo el ímpetu del agua furiosa como un maremoto, cual la propia bestia emergiendo de las aguas a tragarnos; voraz, con fauces que ha creado la devastación, el olvido, lo maligno.

Caricia mía, azucena elegida entre rosas liliputienses que un día regó un enano en el jardín que moja tus pies o los desaparece.

Sabrás, la rosa negra existe; y cuando la veas portar a un extraño mensajero, es que te habrá traído malas nuevas; y yo ya no estaré para mirarte; y tú ya no estarás para anochecerme bajo el alero terreno de tus ojos. De sombra arco, ala fugaz, umbría, de diamante; arquitrave a través del cual duermo sobre ti, para que todo tu cuerpo pegado al mío se haga un solo siamés lascivo, sexual, hasta el cansancio.

Ser el cielo al que cargar, entre flores rigurosas, entre hierbas locas que la demencia sepulcral pasta a plena medianoche.

Nada como la perfidia tornando a cercanía; aquella desolación cuando te vas y me prometes encontrarnos.

Me dices que a lo largo del jardín umbrío, entre celajes melancólicos levanta, una rara sensación de tiempo no transcurrido, que se inventa hoyo abajo hasta el mar inconmensurable de presencia arrojada; soplando, vendaval perdido de notas tutelares.

Calle abajo yo te creo entre esferas de cristal inventadas por la descendida respiración de los peces etéreos; yo te absuelvo de almíbar, de azúcar moreno, de fría serranía; para que te roce entre los muslos; y, tibia, te retuerzas sobre mis hombros, anguila de lascivia y baba marina; y así descienda, germinal, tu garganta aquí cerca.

...descienda, germinal, tu garganta aquí cerca.

Jack Farfán Cedrón

MÍNIMAS

Acaso nos recordarán por un párrafo en la batalla de las mil novelas juntas; por una línea en la reflexión de edades o la fiebre.

Destinados a pensar por viñetas pequeñas. Elegimos, harto haraganes, la sola mención, la frase corta, el aforismo, la cruda línea como lanza que llega más que todo un lomo apolillado en el estante.

Con qué agrado recordé esas mínimas imágenes de embarcaciones fantasmas captadas por la camarita de Eguren; qué ternura la de la ranita verde agua mojada entre las hojas del jardín de un paso de ancho.

Construí, niño, un pequeño lago con una gruta ínfima al lado; sembré un alevino, una mojarrilla y varios otros pecesillos en ella. Pero ¡oh, suerte malhadada!, amaneció seca, y los peces muertos.

La vida es corta, amigos; se compone de una sola imagen, la que se nos presenta como una tierna risa el último instante en la agonía; ese santiamén compuesto de un guiño presuroso de estrella; entre tanta inmensidad constelada que se resume en sólo risa.

Reinventamos la frase que nos representará a lo largo de la vida; la memorizamos, la llevamos en la frente: cruz de ceniza a la salida de misa.

Aún me llena de dicha guardar medio ramo de olivo; el otro se lo di a una muchacha tranquila, callada, sencilla como una ventanita resplandeciente tras de la cual una madre acaricia a su pequeño en la noche caliente un Domingo de Ramos.

Poseo una cigarrita disecada bañada en oro puro de ocaso; una polilla que ilustró una revista y una Biblia que ocupa medio dedo poseo; a la que leo con lupa.

Conservo la suerte inventada, tal vez; áquea estalagmita en el amanecer de las dos cajitas llenas de serrín metálico que pegaré a los conos de pino en el árbol navideño, como escarcha de una mañana petrificada en el mínimo instante.

Me levanto de mi tarea que era terminar un último drama. Los fusiladores, como en “El inmortal” de Borges, continúan donde los dejé hace un instante. Cierro los ojos. Sé que esto es el fin. Abro las ventanas del miedo para ver por última vez la vida bullente.

Neruda me cierra los párpados cansados de nadie, de nada, de “nada ha pasado a nadie,/no estoy en parte alguna.”

Por un mínimo hoyo se llega al microscópico instante del tiempo perdido.

Jack Farfán Cedrón

Por un mínimo hoyo se llega al microscópico instante del tiempo perdido.

14 mayo 2016

EL SOL DE LOS MUERTOS

EL SOL DE LOS MUERTOS (Reseña)

La canción fugitiva (Antología). Prólogo de Renato Sandoval. Editorial Nido de Cuervos. Lima, 2015. 180 págs.

En las páginas de esta preciosa antología del vate José María Eguren, preparada minuciosamente por el poeta y traductor Renato Sandoval, nos deleitamos, además de sus simbolistas poemas que son uno de los pilares, el uno simbolista; el otro social, adolorido, de la poesía peruana (junto a Vallejo), con mínimas acuarelas, óleos y fotografías circulares de embarcaciones casi microscópicas captadas con una minúscula cámara fotográfica fabricada por el mismo Eguren. Un invento del diámetro de un corcho. El venado, poco sorprendido, mira curioso la aparición, acaso noctámbula, irreal, del extraño fotógrafo que se ha robado su astado busto entre la obscuridad del follaje en movimiento.



Imagen: Editorial Nido de Cuervos. Colección "La mano desasida". Lima - Perú; 2015. 180 págs.

Los paisajes minimalistas y simbólicos de la poética de Eguren no obedecen a una gratuita puerilidad inundada por ninfas, duendes o sátiros enanos que únicamente hacen la fogata para cocer al ángel dormido en el robledal silbante, y comérselo; de resplandor entre metálico y dorado, que despierta con gemidos benévolos hacia los niños rodeándolo en el bosque, también, de enrevesadas acacias perladas por la blancura de la noche iluminada de lunas, deshojándose de melancolía ante los floripondios que le lanzan. Estos paisajes son a la vez que su representación, su mítico invento. Se trata de la poesía en estado emergente de perfección, no sólo formal sino de fondo; no sólo una poética imitativa, sino la entelequia en estado perfectible.

La poesía de Eguren no representa un ritornello infante, pueril, poco serio; no es sino la visión ―¡vasta ella!―, en buena medida descripta, esgrimida con la paciencia de un talabartero, como burilada por un escriba antiguo: el don de la simpleza y lo arduo combinados en belleza, de un vate que magnifica con símbolos vivientes, acaso inmortales (¿clásicos?), las plenas sensaciones humanas; amén de representar el ritmo fluyente de la naturaleza vertiéndose ―holocausto de sensaciones―, cuyo fondo y forma se ensalman en amalgamada trabazón de muro suspendido, el ligamen del poema; que, con o sin espuma, emerge (aparentemente gratuita), como conjunto total, unificado; y la del verso, como parte inseparable de aquel tono umbrío, de violonchelo tocado en plena madrugada, mientras los gatos nocturnos gimen como niños rebeldes sobre el tejado; de lámpara gigantesca, relumbrante entre las redes consteladas de la noche más extensa y silente del mundo.

Casi se tocan los extremos infinitesimales, estrellados, que al extinguirse en un incendio perfumado por su música poética, se adjudican el alma observadora que ha sido elegida; la misma que, en el develamiento visionario, nocturno, pleno en los enigmas, llena vorazmente las maquinaciones oníricas de un lector henchido hasta la demencia maravillada de un simbolista amague acaecido entre cadmios boscajes de casuarinas humeantes que no relatan la apariencia de seres extraordinarios existidos por sí mismos, al no representar presencia alguna; no más que la sugerida por la palabra, que más descriptora, unifica la revelación final y mordaz de un universo propio que se existe a sí mismo, recreando lo que ve (como el aprendiz de brujo, entusiasta por alucinación más que por charlatana experiencia); a ratos, estatua griega dignificando su estático movimiento de dimensión y caída, de vértigo y epifanía celestial.

El antologador de Simbólicas, Sombra, La canción de las figuras, entre otros poemarios recogidos con la paciencia de un científico literario que ha hurgado en los archivos de la Biblioteca Nacional del Perú para entregarnos esta joya, nos recrea a un poeta pilar del simbolismo; a una atalaya creativa borboteante, del colorido musical que dignifica a la poesía que representa más que describe, la realidad de amatista homeopática; reflejo ésta, de la naturaleza como telón de fondo; pero a su vez, recreándola, cual en suprarrealistas escenas, relucientes figurantas rebeldes, bagatelas, ninfetas, arlequines, niños rondando a medianoche a aquellos ángeles que existen para protegerlos a cambio de pétalos robados; setos en llamas, fondos lacustres de iluminaciones inenarrables. Se extinguen al vigía paso de un rey rojo con un párpado escrito y el otro entornado a la maravilla tañendo la música de la poesía; entre el bosque retorcido de acacias grises; y por citar otra pintura de Eguren, de seres alargados, sumergidos en el alba áquea de totorales imaginarios escenificando de esta guisa, el clamor maravillado de la palabra justa, magnificada línea dando el tajo certero, satori aquel; deslumbramiento oriental, que más que sorprender, detiene el hálito divinizado hasta el éxtasis permeable a lo que pudiera ocurrir si uno jamás suelta el hilo vahado, poroso, como por ósmosis químicamente pura; a lo sorpresivo, a lo que corrientemente se es estatua a la vez que movimiento e imagen, blonda ritmada de alturas estéticas: un salvaje simbolismo en quietud a la vez que en movimiento.

Se trata, pues, de la palabra que desdice el desenlace de las admoniciones de cierta crítica, que en su momento, y no voy en ello a la invalidez de su veracidad, sino más bien a un punto de vista cuasi personal hasta los convencionalismos muchas veces perdurables por buen tiempo; muy malo para revelaciones geniales como Eguren, rey simbolista de iris estética peruana.

De esta manera, José María Eguren (Lima, Perú; 7 de julio de 1874–19 de abril de 1942), POETA, periodista, escritor, pintor y fotógrafo peruano); hombre de a pie, amante de la naturaleza, caminante; solitaria cumbrera de la poesía simbolista peruana que ni por acá roza con la cantinela modernista de un Chocano, o de sus apresurados detractores, representa el espécimen, carne vibrante, poeta nuevamente, de las plenas sensaciones fugaces de la poesía, desde allá en su tiempo, contemporánea, grisou de las minas, pero sublimado en explosión estética de salvaje movimiento; rama real, dorada, extraída de la superficie que la sumerge al agua, en iridiscente refracción proveniente del cielo elegido de los prados azulando la memoria espejeante del agua; asciende, borbotea, crea la pared inhollable, poeta de las bailarinas figuras de “mágico sueño de Estambul”.

La antología La canción fugitiva, seleccionada minuciosamente por el editor, traductor, políglota, peregrino; pero sobre todo, y en buena cuenta, poeta; y, de último, As del Festival Internacional de Poesía de Lima, Renato Sandoval, es una muestra más de heroicidad poética, en un medio hostil, electrónico y consumista, cuya banalidad reside en el espectáculo aterrador de la televisión basura y la violencia a fauces monstruosas imparable, que no cesará mientras eximan su aparición sorpresiva objetos hermosos como éste; y el escaso tiempo que nos recorrería soñarlos, con la única redención y viaje maravillado de los mundos: la Lectura.

Jack Farfán Cedrón

Cajamarca, 14 de Mayo de 2016.


Y SE HIZO LA MATERIA CREPUSCULAR EN EL AURA

Y SE HIZO LA MATERIA CREPUSCULAR EN EL AURA

Se nos antoja reconocible, aceptado, acaecido, el hecho de que respondamos al temor con la misma furia con la que nos agreden. Si todas las personas tuvieran el talante calmado, la sangre fría, la mirada inexpresiva ante algún acto violento, nada de agresión sucedería.

Los asesinos desnaturalizados, los psicópatas en potencia; los sistemáticos (impotentes); los extranjeros vendados del hocico con manías cuya afinidad a lo pueril, da asco; los ladrones armados a los que se les quita el arma y son más gallinas que maricas. Todos ellos actúan bajo el influjo lunático del miedo, que no es tangible, no es real; y que se trata de una idea abstracta, inexistente, como toda suposición que nos aterra.

Matones, enfermos de agresividad; poseen los ojos de las bestias rastreras en la noche demencial de una ruta que a pie protegen las estrellas. Si por casualidad te encuentras con ellas, ya perdiste. Ignóralos, hazlos mínimos en esta esfera terrena; verás que esa frialdad los anula, los desaparece; y lo que es peor, los atemoriza.

Los sueños veloces imantan aquel diamante constelado de gélida mirada, de dicha resplandeciente.

Sólo vives si lo haces en pleno movimiento. Sólo vives si maceras al pasado en botellas saladas rellenas con agua oceánica; un agua de borrasca desconocida tragándose la inmensa sepultura del ocioso pasado; al que, olvidando, accedes al perdón absoluto; tú mismo, escuchando la Ley Divina que no surge en vano sobre el trigal de tu conciencia.

Eres el más hermoso elegido para perseguir alas o cánticos de personas que te miran una sola vez, sonríen y te dejan la dulzona sensación, al desaparecer, de que el bien lo anula todo; incluso al mal, que sólo es un supuesto mal sueño.




"Almost Mónica", by Nikita Shirokov.

13 mayo 2016

ESTACIÓN DE PERVIVENCIA

Puse el punto sagrado en mi destino, la cota que se hace humo al descender a los mismos infiernos, para luego peregrinar por un borrascoso purgatorio; y, seguidamente tocar cielo. El roce existencial del pálido firmamento que a todos nosotros nos depara. Corroborar al fin, después de tantas justas caídas, que el buen camino es lo nuestro, que la saña contra nadie es lo más extranjero que debemos distanciar de la conciencia, muy dentro entrañado. Pues persigo la senda divina, el charco de agua musical dibujándose en una extraña persona permaneciendo parada un buen rato junto a nosotros. Y ni siquiera nos habíamos dado cuenta de su divina presencia. Pero luego todo cambia; pero luego nosotros somos los únicos elegidos; somos el objeto que miramos; nos convertimos en estadistas de una reunión que nos destruye o nos repiensa. Elegidos para llorar por un golpe de pétalo o una gripe que diluye sus flemas al trotar, al trotar por placer y no por suplicio. Mas estar divinos así lo amerita. Propender a la caricia, al cabo inacabado de vela, a la estación permitida, a la despedida haciéndose añicos en la mano de cinco; al violín pacificador del planeta que tañe mundos diferentes, con una sola cuerda de ciego. ¡Ah! Por eso las filas: fila india, fila de hormigas; cola para todo, hasta en los malos tiempos en que comíamos un pedacito de arroz sudándonos la camisa. Pero nadie, que yo haya escuchado, llegaba a piejuntillas a juntar los pedacitos de blando sufrimiento como la lechera ilusionada. Ahí soportaban el plato de mendrugo, la porcelana rajada donde la familia se reunía para comerse las uñas, el pan con soledad, el vaso de aire. Porque le hemos dado el don a nuestro destino; el don particular y excrementicio de seguir de largo, de no repetir la ruta, de no repetir el plato, el Santo Grial, la oración para el perro temblando en la mañana de tanto ser destazado por otras jaurías. Sabes, los actos repetidos, esa cotidianeidad, de por ejemplo, levantarse cada día a las cinco, nos propone que la vida se trabaja por instinto, que si perseguimos el mismo cuarto varias veces repasándolo con el plumero para limpiar el polvo, no somos más que ese perro que cada día te mira, para las orejas; pero como no haces cuenta de ello, no te ladra; da vueltas; persigue su cola que a su vez a él lo persigue. Bienhechores de una lacustre lana de lodo que halamos con la finísima imprecisión de los dedos cardando la-lana-sin-motivo. Aprendices de cometa, de astro elegido para que en la comparación meteórica no nos borre por vista prima; no nos ignore levemente, no nos muñequee, no nos tome del pelo y un día haya que lavarse los bigotes: la ración conllevada de ironía desplegable, con el único fin de esgrimir la pálida distancia, el peldaño desmoronado; las cuatro paredes desplegadas al entrar por la puerta abierta para adentro. Elegimos la noble distancia, el espantapájaros con luces para ahuyentar leones partiéndose a fauces de risa; igual devoran el ganado en un pueblecito africano. Castos, rosáceos, emulsionados con un vino que en la vaguedad del paladar se quedó en hostia remojada, en pecado que es pétreo pasado. La muchacha hermosa que nunca se pierde una sola misa, se mira, de soslayo, el vientre; ella hará, pues, su camino; ella encenderá los sahumerios a la hora de saltar vendado la cerca de espinas; a la hora de pacer en cuanto todo se haya fijado; en cuanto todo camino que podamos, sea, sin más ladridos, ni tos, ni carraspera, ni neuralgia testicular, un canto circundante e irresponsable por actuar como nos plazca; luego de todo, la risa; la enormísima irresponsabilidad de cumplir cada vez menos con las reglas nos hace, absolutamente responsables de la dicha que nos mira, así: (0) <*> (0) de triste, así de pervivida.

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Jack Farfán Cedrón




All That Still Matters Watrermark

FELICITACIONES, JUVENAL & DOAN!

FELICITACIONES, JUVENAL & DOAN!

Felicitar a mis amigos, los poetas Juvenal Vilela, y Doan Ortiz Zamora, por haberse alzado con los premios "Huauco de Oro". En estos momentos están viajando a la ceremonia de entrega de premios, que acaecerá en Sucre-Celendín, provincia cajamarquina, en horas de la tarde. Los poemarios ganadores: Tras el verde las palabras (Primer Puesto) y Estribor (Mención Honrosa), no lo dudo, enaltecerán las letras universales. Un fuerte abrazo, muchachos!


Jack Farfán Cedrón

De i-d: Juvenal Vilela y Doan Ortiz Zamora

12 mayo 2016

NONATO ALUNIZA

16 de julio de 1969; la misión Apolo 11 llegó a la superficie de la Luna el 20 de julio de ese mismo año y al día siguiente logró que 2 astronautas (Armstrong y Aldrin) caminaran sobre la superficie lunar. El Apolo 11 fue impulsado por un cohete Saturno V desde la plataforma LC 39A y lanzado a las 13:32 UTC del complejo de Cabo Kennedy, en Florida (EE. UU.). Oficialmente se conoció a la misión como AS-506. La misión está considerada como uno de los momentos más significativos de la historia de la Humanidad y la Tecnología. (https://es.wikipedia.org/wiki/Apolo...). Ese año un nonato de ocho meses recordó algunos detalles del incidente desde el vientre de su madre; el niño nació en junio de 1969, a un mes del incidente. A los tres años relataba el suceso a su madre, quien reía de la ocurrencia. Decía haberlo escuchado, contando algunos detalles que había oído contar en la radio o televisión. Al final de todo, se trataba de un recuerdo fidedigno, tangible, real, verdadero. La memoria es muy grande como para dejar pasar un hecho tangible como este. Se trata de un recuerdo que vuelve o se aleja, como el amor, al que jamás olvidamos. Será por eso que, si se desplegasen las neuronas; y, encadenadas llegaran a la luna; ahí tal vez exista el único milagro que vence las distancias. Pero la luna, incapaz de colorear a la arena bañada por la sal de las aguas marinas, sólo atina a crear una superficie iridiscente que tocan los amantes que al besarse, derraman lágrimas como perlas de piedra lunar; cada vez que el círculo rojizo del sol en la puesta se une, incapaz de crujir un latido, una enorme distancia arrebujada en el ánima, para crear la fiel distancia de una aurora fulgente en cada pecho nacido.


Jack Farfán Cedrón



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Jack Farfán Cedrón (Perú, 1973). Entre otros volúmenes líricos ha publicado Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013). Algunas de las revistas virtuales en las que han aparecido textos suyos: Periódico de poesía (UNAM, México), Revista de LetrasLa comuna de los desheredados y La comunidad inconfesable (España); Los poetas del 5 (Chile); El Hablador (Perú); Destiempos y Letras hispanas y Síncope (México).